Balance | Parte I

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Ni os imagináis lo muchísimo que me gustó hacer de nuevo una sesión de fotos y además con una modelo con la que me lo pasé tan bien, fue tan fácil trabajar e inspirarse. Balance no es solo por la foto que encabeza la sesión si no por lo que significó para mí hacerla, encontrar de nuevo el equilibrio con la fotografía y perderle el miedo. Llevaba mucho tiempo (y vosotros lo sabéis) que no me atrevía a volver a fotografiar y que tampoco tenía ideas o personas que realmente me inspiraran y estuvieran cerca a mi alrededor así que sentía un peso muy grande que por fin se ha ido volando. Y vivir tiene mucho que ver en ello. Este verano, aunque un poco puteada en Julio por la falta de tiempo, me está trayendo mil sorpresas que estoy disfrutando y aprovechando lo indecible. Y no sé a quien tengo que darle las gracias pero, joder, sigue así. Más, y más.

¡Espero que la disfrutéis!
with love,
Desirée.


Esquivando la poesía, verano de 2016

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No me preguntéis que es esto; no lo sé. No tengo ni la más remota idea. Yo ni escribo prosa ni poesía. Yo no escribo, punto. Desde hace mucho tiempo. Y esto no es un intento de volver a hacerlo. Mi historia minimalista tampoco lo es. Todo lo que lleve el nombre de fragmentos, mucho menos. Juntar varias palabras con sentido y pretensiones de llamarlo escrito es un insulto a todos los escritores que admiro así que, rotundamente, me reitero. No se lo que es esto. Pero es. Y me conformo con eso.

Esquivando la poesía, sin embargo, pretende ser el nombre que le he dado a todas esas cosas que nacen en forma de versos locos, sin medida ni métrica, con alergia a los poemas y la poesía porque aunque no pueda parar de leerla, no quiero saber nada de ella y sin embargo, se choca conmigo y me arrolla sin metro ni vías. Y sin avisar, la muy puta. Así que he decido que ante la perspectiva mejor hacerle caso y, pues no sé, que sea lo que ella quiera. Que me toque hasta quedarse contenta, que se duerma entre mis piernas, que me rasque la nuca hasta que amanezca. Que haga lo que quiera, que ya vendré yo y le haré ella.

Y... Que te voy a hablar. De besos.

Intento I

Te voy a contar un secreto.
Yo no beso
ni a mí me besan.

Los besos se encuentran
al final de una mirada,
entre medias de dos palabras,
al principio de una carcajada 
o cuando vencido el tiempo
estallan nuestras ganas.

No recuerdo nuestro último beso
y eso sólo puede decir
que el final, fue historia.
Porque de los finales no me acuerdo,
y prefiero pensar
como será empezar y encontrar(nos) nuevos besos.

Mi historia minimalista II

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Este fragmento de Mi Historia Minimalista sucede temporalmente antes de los últimos publicados, pero tenía que estar aquí. Forma parte de la historia. Formó parte de ella. 

¿Cómo sobrevives? Te pregunté. ¿Cómo sobrevives a sentir, sin querer más, con cien personas distintas? ¿Cómo sobrevives a besarme las pecas, a acariciarme las piernas –en cualquier lugar, a todas horas–, a contarme tu historia, a reír conmigo, a llevarme de la mano por media ciudad, a dejar que te vean abrazarme con orgullo, con placer, a llevarme a conocer a tu madre, a cenar y darme de comer porque hablo demasiado, a entenderme tan bien cuando grito tu nombre, a sacarme a bailar –torpes y cansados–, a contarle cuántas veces he gemido y cuántas otras me has llenado, a tu hermano?
No recuerdo tu respuesta. Probablemente tampoco la hubo. Me hablarías de ser libres, de que ahora sientes amor cada vez que tienes una aventura, pero se acaban –¿las aventuras o el amor?–.
Te lo pregunté por mi, porque yo no se cómo sobrevivir a eso. Cómo no compararte con todas mis posibilidades. Cómo elegir que me pasen otras cosas si quiero que me pasen contigo. Cómo disfrutar cuando elijo alguna y no salir corriendo a las cinco de la mañana y esperar a que abran el metro fumándome un cigarro tras otro y sin una cafetería abierta, huyendo de borrachos y noches fallidas –no la mía– que quieren enmendarse y no entienden que yo no soy esa chica. Que yo no soy la ella de ningún él de esta ciudad.
Palabras en italiano susurradas entre sábanas todavía me dan vueltas en la cabeza y me sorprendo cuando me doy cuenta de que no sé que significan y tampoco me importa. He olvidado el portal, el número, el olor de ese piso. Si era un segundo o un cuarto y si se veía Madrid desde allí o solo las cortinas de la vecina –siempre es una vecina, eso dicen las leyendas ¿no?–. Noto la ginebra dando vueltas en la cabeza, y en el estómago. Me acuerdo de la luz entrando por el balcón, de cómo sus piernas rodeaban las mías y yo tenía calor. Me lo pasé bien, era encantador, un vividor. Me quedo con su risa y la mía dando paso a unas llaves impacientes y unas escaleras estrechas que se proponían ser la antesala de una noche traviesa. Y lo fueron. Bien por ellas. 
Cuando me di cuenta que no tenía número que borrar, mis labios decidieron sonreír. No tenía el suyo, pero tampoco el tuyo. Qué fácil era todo, bastaba con levantarse ahora que por fin eran las seis, coger un tren, un autobús y cerrar los ojos. Pero no quise. Tenía que ver amanecer, saber qué diferentes eran esas dos historias tan parecidas, tan locas, tan rápidas. Saber si al final, todo se resumía en atreverse a probar. Y pasaron los minutos, la gente que me miraba de reojo pensando qué estaría haciendo sentada en la silenciosa mañana de Madrid, con la actitud de quien sabe que algo va a pasar y espera, espera paciente a que ocurra. 
Cuando el sol rompió el estado de calma afilando el cielo con rayos de luz, suspiré. Esperé unos minutos mas y acabé comprendiendo que no, que el sol había pasado antes por tus calles, que ya había despertado a los madrugadores de tu ciudad, que si no tenías la ventana cerrada estaría calentándote ya la piel morena. Que te traía hasta mí y que los amaneceres te pertenecerían hasta dentro de mucho tiempo. 
Así que volví a preguntarte, esta vez en silencio, ¿cómo sobrevives?.