Au revoir, petit.

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Hoy me siento dolorosamente libre. Durante los veintitres años que tengo he dicho o he vivido incontables adioses. De amigos, de familiares, de desconocidos, de parejas y nunca me ha resultado tan duro –para mí misma– como el adiós que le tuve que susurrar a la noche de madrugada de ayer, porque no podía hacerlo de otra manera. En realidad, no quería pronunciarlo. Ni por asomo. Cualquier alternativa era mejor, incluso una amnesia espontánea, todo menos quedarme con la sensación del perdedor. Pero entonces me di cuenta de una cosa. Esto no va de ganadores y perdedores (aunque Meryl Streep cantase una canción de ABBA preciosa en el Musical de Mamma Mia! sobre el tema) si no de finales que llegan. Y, algunas veces llegan a destiempo, de forma desigual, caóticos, incomprensibles sin despedida final que en realidad, es lo que más trastorna. Y, si sientes que has perdido, si tu ego –o llámalo amor propio, autoestima o como quieras– se ha quedado jodido, es que esa historia podía ser infinitas cosas maravillosas menos buena para ti. Y quiero dejar claro que esto tampoco va de géneros, de feminismo o poner tu felicidad en manos de otra persona –eso es horrible y siempre lo será– si no de personas y situaciones y de cómo nos vemos, nos comportamos y vivimos esos momentos. En vivir está el aprendizaje, el sí y el no que tenemos que imponernos a nosotros mismos, y a los demás. Por razones inexplicables a veces tropezamos y nos damos cuenta de que hemos sido bastante idiotas, por elección propia y es cuando decidimos sacar de nuestras vidas esas relaciones que a nosotros nos resultan tóxicas cuando demostramos cuánto nos queremos, que es mucho, muchísimo. Celebremos los errores porque nos hacen mucho más humanos y nos enseñan aunque duela –sacad el vino, que estáis tardando–.

Las excusas no me valen. ¿Vacío, dolor? Joder, si es hasta placentero. Y si no lo creéis os recomiendo que os tatuéis, no hay mayor aprendizaje sobre el dolor que ese. Y menos aún quiero oír hablar de miedo. No quiero escuchar hablar sobre nada que no sea la determinación de una vida completamente nuestra, de disfrutar de ella, de apartar de nuestro camino todo lo que no nos haga seguir viviendo plenamente. 

Eh, seguiremos cagándola, de eso estoy segura. Y ojalá sigamos haciéndolo, la perfección de la gente que lo hace todo bien da hasta grimilla. La gente que no sufre, que no se equivoca, que no llora, que no elige mal de vez en cuando me produce una desconfianza infinita. Así que nunca, nunca pretendáis serlo. Sed humanos; reid y llorad como los imperfectos seres que somos. Y decid adiós cuando llegue el momento, aunque no os contesten, aunque vuestra carta no tenga receptor (y ni se os ocurra poner el remitente, tontos, que no vuelva nada de nada). Da igual cuánto tiempo tardéis para hacerlo, pero escribidlo, gritadlo. Sed libres. 

Ganaos a vosotros mismos que es la lucha que verdaderamente merece la pena. 

Así que; au revoir, petit. Ha sido excepcional. 

With love,
Desirée.

Quédate, primer aviso.

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Me estoy poniendo nerviosa, me estoy enfadando y el nudo en el estómago está haciendo demasiada presión. Lo está volviendo a hacer, lo sé, joder, puta Vera. Nunca estoy preparada para este momento. Ocurre de repente, sin avisar, cuando lo último que me dijo era luego nos vemos. Un luego que no llega y que tengo muy claro a estas alturas que esperarla va a ser muy, muy absurdo. Pero no tengo otra opción. No estoy preparada para vivir en la laxitud de una mente estable, y monótona. La necesito a ella fluyéndome en las venas mientras quema, mientras destroza todo a su paso y deja un campo de flores a cambio. Me siento una expectadora de su paso por mi vida, aplaudo como una niña en una obra de teatro, la coreo como si fuese mi canción favorita, la retrato para intentar hacerla inmortal. Pero da igual cuántas fotos le haga o lo mucho que le hago reír, que sabe que la entiendo, que cada vez que viene le enseño un secreto más, le hago dormir una noche menos, le regalo unas horas más de vida. Ella vuelve a escurrírseme por los dedos y yo, no voy a mentir, lloro a mares. Desconsolada y normalmente en silencio, lloro y nunca me duermo por cansancio, eso es un maldito mito. Pero al final, ella no vuelve y yo no me alivio. Y ésa es la paradoja de siempre; que para qué, si nada sirve excepto que se quede. O que vuelva. Pero ¿qué pasa si cuando ella vuelva yo no estoy? Si ya no hay más reencuentros, ni despedidas ausentes, si ya no quedamos Vera y yo y solo está ella con un piso vacío y nadie a quien abandonar. Una parte de mí celebra la idea, ésa que es más retorcida y que todas las demás miramos de reojo con un poco de envidia, porque es más libre que ninguna. Pero entonces la callamos porque es una gilipollez; si vera vuelve y no estamos, es que estamos muertas. 

Y Vera seguirá yéndose sin avisar y yo seguiré ahogándome cuando no está y me acostumbraré y estaré bien y Vera volverá y siempre, siempre, siempre, estaré ahí para abrirle la puerta porque viene sin llaves y tirarle la maldita botella de vino en la cabeza. Probablemente después recoja las gotas, poco a poco, en suaves besos y a cachitos lamiéndole las mejillas porque está bueno y sería una pena desperdiciarlo con lo mucho que me he aficcionado a él en sus ausencias. Y sabrá frío y caliente, a rabia, a bienvenida, a una espera que termina. 

Pero, nena, es mejor si te quedas. 
Quédate.

Mi historia minimalista IV

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Desde que te conocí, te he puesto muchos nombres. Algunos cariñosos y otros evocan una rabia mal disimulada. Te los he intentado poner llenos de indiferencia pero ya te imaginarás que ha sido perder el tiempo, no he podido. No te representaban. Acabo de darme cuenta de que, de todos ellos, ninguno se ajusta mejor que el de "guerra de un solo bando". El mío. Yo quiero hacerte la guerra (y el amor) en la cama, en el pecho. Que cada latido del corazón resuene como un cañón abriéndome el camino hasta el interior y allí plantar mi bandera blanca y envolverte con ella para poder tumbarnos en arenas y playas y arreglar el mundo con una nueva paz mundial; la nuestra.  
Pero como para discutir (y amar) hacen falta dos, voy a ponerme un café con leche y enfrentarme a esta mañana que ella sí me ataca con esta resaca.

Interludio I de Mi historia minimalista

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O cómo decidí coger las tijeras y cortar. Cortarlo todo.



Llevo un rato mirando la pantalla, sin poder pensar en nada. Veo cómo parpadea la barrita que me exige en silencio que teclee, que el proyecto no se va a hacer solo, que me quedan un par de días y tengo que darme prisa. Hasta hoy no me había pasado. Entendía ese código extraño y abstracto y era capaz de combinarlo para hacer un montón de maravillas. Lo entiendo tan bien porque se parece a mí, y eso me gusta. Pero hoy no hemos sido capaces de entendernos. No sé ni lo que quiero hacer con él, la verdad y él no puede decidir por si mismo; me necesita. Bueno, pues no estoy para él hoy.  
Abro el navegador murmurando un “lo siento” que no siento, y mi mirada vaga de un sitio a otro hasta que encuentro una publicación inesperada que me hace parar. Parar y leer, incrédula. Tras unos minutos de silencio, algo dentro de mí empieza a moverse. Y no, no es bueno. Es un huracán que parte de mi estómago y asciende hasta la boca y sube, y sube y me quedo quieta, dejándole hacer, demasiado ocupada en comprender como para darme cuenta de los rotos que me está causando. Ya me ocuparé de eso después. Ahora mismo lo que necesito es entender.  

Mi historia minimalista III

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Hoy iba en el autobús leyendo un libro raro de una autora rara con una prosa maravillosa que mezcla con poemas. Leía historia tras historia y me gustaban, todas ellas. Pero de pronto he tenido que parar, qué cosa más rara, no nos encontraba en ninguna de sus páginas. De sus principios, de sus finales, de sus puntos suspensivos. Y empecé a preguntarme qué cómo podía ser. Y me di cuenta de que, en realidad, te encontraba en pocas palabras: sexo, kilómetros, historias, camas de otras, piensa en mí, cosas nunca dichas. Y me sorprendí; qué historia tan anónima. No encuentro nuestros nombres por ningún sitio, no nos los dejamos en las calles, ni debajo de la cama y tampoco me han llamado por encontrarlos perdidos en algún restaurante. Simplemente no están y no es que se hayan ido, es que nunca vinieron, ni se encontraron. Que no se conocieron. Qué cosa más rara, ¿verdad? ¿Era eso lo que me intentabas explicar? Bueno, por fin lo he ententido, pequeño desconocido. 
Por fin. 

Feria del Libro de Madrid 2016

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Este año la Feria del Libro de Madrid ha sido muy especial. Era la primera vez que iba a diversas firmas de autores, a la Blogger Lit Con y con una compañía fantástica. De hecho, creo que ha sido el primer año que he ido consciente de lo que suponía y, reconozcámoslo, me he vuelto un poco loca.

Este ha sido el botín que me he traído a casa y, sobre todo, os lo cuento para que sepáis qué cosas os iréis encontrando en los próximos días porque todos y cada uno de ellos son libros que merecen que se hablen. El que avisa no es traidor y yo os quiero mucho.


Pero antes de meterme en el tema, me hizo mucha ilusión conocer a Elvira Sastre y que me firmase su antología Ya nadie baila, pero todavía me hizo más ilusión conocer a Mikel Izal y charlar con él mientras me firmaba Los seres que me llenan. Ése hombre me enamora, mucho y muy fuerte y descubrir lo encantador que era fue un duro golpe para mí; todavía lo quiero más.

Seraphina de Rachel Hartman

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Estamos en la Feria del Libro de Madrid, ¿todavía no lo sabíais? ¿O si? ¿Os habéis pasado ya? Este fin de semana me he hecho con un pequeño tesoro literario. Pronto os cuento qué me he traído, cuando me pase el par de veces que todavía me quedan (por diversas charlas y firmas de autores) pero ya os adelanto que han caído cosas que nunca me imaginé y otras a las que tenía infinitas ganas. Y la wishlist es enorme pero prefiero dejarme llevar por las corazonadas y escuchar qué libros son los que me gritan "llévame a casa".


De momento he terminado de leer Seraphina, de Rachel Hartman. Y, curiosamente, a pesar de ser uno de los que en su día me gritó y muy fuerte además he tardado bastante tiempo en tener ganas de leerlo. Se la define como novela fantástica juvenil pero creo que deberíamos tachar las dos últimas etiquetas (cuánto las odio) para hablar de este libro. Pero esto lo he descubierto después, claro. En su momento no me apetecía absolutamente nada leer fantástica –es un género del que me siento algo alejada últimamente– y juvenil todavía menos, no he podido quitarme los prejuicios sobre este género, a pesar de haber leído varios títulos ya. Así que desde este momento confieso que lo cogí con mucha pereza y, como ya es costumbre últimamente, acabó dándome un bofetón cariñoso por haber sido tan estrecha de miras. Perdóname, Rachel; no volverá a pasar (contigo, al menos).
Todo el mundo sabe que cualquier dragón que se precie puede aspirar a ser un buen político, profesor o matemático; no como esos absurdos humanos, que prestan tanta atención a sus emociones que acaban olvidando cómo pensar...  
En un reino mágico y sombrío en el que humanos y dragones conviven con una paz inestable, Seraphina es una música joven y talentosa (pese a ser humana) que acaba de entrar en el coro de la corte. Allí, las intrigas políticas son el pan de cada día. Poco después de su llegada, una noticia atraviesa los muros de palacio: un miembro de la familia real ha sido asesinado. Inmediatamente, los cimientos de esa fachada de paz se resquebrajan.

Para investigar el crimen, Seraphina se alía con el perspicaz Lucian Kiggs, capitán de la guardia real. Pero todo el mundo tiene secretos, y ella no es una excepción: lo que oculta haría que la condenaran a muerte.

Mi chica revolucionaria de Diego Ojeda

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Éste ha sido, entre otras cosas, el mes de la poesía. Ya os hablé sobre dos autores españoles en esta entrada y de momento han caído unos cuantos más, grandes descubrimientos que me han hecho vibrar. Y todos ellos de producto nacional, es más, la mayoría de ellos madrileños declarados (¿qué tendrá Madrid que inspira grandes poetas? Ay, mi pequeña).

Pero hoy quiero hablaros de Diego Ojeda y de su libro Mi chica revolucionaria. Es el segundo poemario de este cantautor y poeta; el primero fue A pesar de los aviones y ya va por su 11º edición a pesar de mi total y absoluto desconocimiento... Porque sí, no tenía ni idea de quién era Diego Ojeda, no sabía nada de su cotidianidad hecha poesía ni de sus chicas revolucionarias, de su terapeuta, de sus historias de idas y venidas, de esa amistad que mantiene con otros grandes poetas como Elvira o Marwan y tampoco tenía ni idea de sus maravillosas canciones. 

De poesía, lo reconozco, no era consciente de prácticamente nada cuando de pronto (cosas de la vida, ya se sabe) me dieron el pistoletazo de salida y ahora no puedo parar de investigar, de leer, de descubrir, de maravillarme con el arte y la emoción de todos ellos, de necesitarlos. Es absolutamente maravilloso.