Balance | Parte I

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Ni os imagináis lo muchísimo que me gustó hacer de nuevo una sesión de fotos y además con una modelo con la que me lo pasé tan bien, fue tan fácil trabajar e inspirarse. Balance no es solo por la foto que encabeza la sesión si no por lo que significó para mí hacerla, encontrar de nuevo el equilibrio con la fotografía y perderle el miedo. Llevaba mucho tiempo (y vosotros lo sabéis) que no me atrevía a volver a fotografiar y que tampoco tenía ideas o personas que realmente me inspiraran y estuvieran cerca a mi alrededor así que sentía un peso muy grande que por fin se ha ido volando. Y vivir tiene mucho que ver en ello. Este verano, aunque un poco puteada en Julio por la falta de tiempo, me está trayendo mil sorpresas que estoy disfrutando y aprovechando lo indecible. Y no sé a quien tengo que darle las gracias pero, joder, sigue así. Más, y más.

¡Espero que la disfrutéis!
with love,
Desirée.


Esquivando la poesía, verano de 2016

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No me preguntéis que es esto; no lo sé. No tengo ni la más remota idea. Yo ni escribo prosa ni poesía. Yo no escribo, punto. Desde hace mucho tiempo. Y esto no es un intento de volver a hacerlo. Mi historia minimalista tampoco lo es. Todo lo que lleve el nombre de fragmentos, mucho menos. Juntar varias palabras con sentido y pretensiones de llamarlo escrito es un insulto a todos los escritores que admiro así que, rotundamente, me reitero. No se lo que es esto. Pero es. Y me conformo con eso.

Esquivando la poesía, sin embargo, pretende ser el nombre que le he dado a todas esas cosas que nacen en forma de versos locos, sin medida ni métrica, con alergia a los poemas y la poesía porque aunque no pueda parar de leerla, no quiero saber nada de ella y sin embargo, se choca conmigo y me arrolla sin metro ni vías. Y sin avisar, la muy puta. Así que he decido que ante la perspectiva mejor hacerle caso y, pues no sé, que sea lo que ella quiera. Que me toque hasta quedarse contenta, que se duerma entre mis piernas, que me rasque la nuca hasta que amanezca. Que haga lo que quiera, que ya vendré yo y le haré ella.

Y... Que te voy a hablar. De besos.

Intento I

Te voy a contar un secreto.
Yo no beso
ni a mí me besan.

Los besos se encuentran
al final de una mirada,
entre medias de dos palabras,
al principio de una carcajada 
o cuando vencido el tiempo
estallan nuestras ganas.

No recuerdo nuestro último beso
y eso sólo puede decir
que el final, fue historia.
Porque de los finales no me acuerdo,
y prefiero pensar
como será empezar y encontrar(nos) nuevos besos.

Mi historia minimalista II

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Este fragmento de Mi Historia Minimalista sucede temporalmente antes de los últimos publicados, pero tenía que estar aquí. Forma parte de la historia. Formó parte de ella. 

¿Cómo sobrevives? Te pregunté. ¿Cómo sobrevives a sentir, sin querer más, con cien personas distintas? ¿Cómo sobrevives a besarme las pecas, a acariciarme las piernas –en cualquier lugar, a todas horas–, a contarme tu historia, a reír conmigo, a llevarme de la mano por media ciudad, a dejar que te vean abrazarme con orgullo, con placer, a llevarme a conocer a tu madre, a cenar y darme de comer porque hablo demasiado, a entenderme tan bien cuando grito tu nombre, a sacarme a bailar –torpes y cansados–, a contarle cuántas veces he gemido y cuántas otras me has llenado, a tu hermano?
No recuerdo tu respuesta. Probablemente tampoco la hubo. Me hablarías de ser libres, de que ahora sientes amor cada vez que tienes una aventura, pero se acaban –¿las aventuras o el amor?–.
Te lo pregunté por mi, porque yo no se cómo sobrevivir a eso. Cómo no compararte con todas mis posibilidades. Cómo elegir que me pasen otras cosas si quiero que me pasen contigo. Cómo disfrutar cuando elijo alguna y no salir corriendo a las cinco de la mañana y esperar a que abran el metro fumándome un cigarro tras otro y sin una cafetería abierta, huyendo de borrachos y noches fallidas –no la mía– que quieren enmendarse y no entienden que yo no soy esa chica. Que yo no soy la ella de ningún él de esta ciudad.
Palabras en italiano susurradas entre sábanas todavía me dan vueltas en la cabeza y me sorprendo cuando me doy cuenta de que no sé que significan y tampoco me importa. He olvidado el portal, el número, el olor de ese piso. Si era un segundo o un cuarto y si se veía Madrid desde allí o solo las cortinas de la vecina –siempre es una vecina, eso dicen las leyendas ¿no?–. Noto la ginebra dando vueltas en la cabeza, y en el estómago. Me acuerdo de la luz entrando por el balcón, de cómo sus piernas rodeaban las mías y yo tenía calor. Me lo pasé bien, era encantador, un vividor. Me quedo con su risa y la mía dando paso a unas llaves impacientes y unas escaleras estrechas que se proponían ser la antesala de una noche traviesa. Y lo fueron. Bien por ellas. 
Cuando me di cuenta que no tenía número que borrar, mis labios decidieron sonreír. No tenía el suyo, pero tampoco el tuyo. Qué fácil era todo, bastaba con levantarse ahora que por fin eran las seis, coger un tren, un autobús y cerrar los ojos. Pero no quise. Tenía que ver amanecer, saber qué diferentes eran esas dos historias tan parecidas, tan locas, tan rápidas. Saber si al final, todo se resumía en atreverse a probar. Y pasaron los minutos, la gente que me miraba de reojo pensando qué estaría haciendo sentada en la silenciosa mañana de Madrid, con la actitud de quien sabe que algo va a pasar y espera, espera paciente a que ocurra. 
Cuando el sol rompió el estado de calma afilando el cielo con rayos de luz, suspiré. Esperé unos minutos mas y acabé comprendiendo que no, que el sol había pasado antes por tus calles, que ya había despertado a los madrugadores de tu ciudad, que si no tenías la ventana cerrada estaría calentándote ya la piel morena. Que te traía hasta mí y que los amaneceres te pertenecerían hasta dentro de mucho tiempo. 
Así que volví a preguntarte, esta vez en silencio, ¿cómo sobrevives?.

Au revoir, petit.

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Hoy me siento dolorosamente libre. Durante los veintitres años que tengo he dicho o he vivido incontables adioses. De amigos, de familiares, de desconocidos, de parejas y nunca me ha resultado tan duro –para mí misma– como el adiós que le tuve que susurrar a la noche de madrugada de ayer, porque no podía hacerlo de otra manera. En realidad, no quería pronunciarlo. Ni por asomo. Cualquier alternativa era mejor, incluso una amnesia espontánea, todo menos quedarme con la sensación del perdedor. Pero entonces me di cuenta de una cosa. Esto no va de ganadores y perdedores (aunque Meryl Streep cantase una canción de ABBA preciosa en el Musical de Mamma Mia! sobre el tema) si no de finales que llegan. Y, algunas veces llegan a destiempo, de forma desigual, caóticos, incomprensibles sin despedida final que en realidad, es lo que más trastorna. Y, si sientes que has perdido, si tu ego –o llámalo amor propio, autoestima o como quieras– se ha quedado jodido, es que esa historia podía ser infinitas cosas maravillosas menos buena para ti. Y quiero dejar claro que esto tampoco va de géneros, de feminismo o poner tu felicidad en manos de otra persona –eso es horrible y siempre lo será– si no de personas y situaciones y de cómo nos vemos, nos comportamos y vivimos esos momentos. En vivir está el aprendizaje, el sí y el no que tenemos que imponernos a nosotros mismos, y a los demás. Por razones inexplicables a veces tropezamos y nos damos cuenta de que hemos sido bastante idiotas, por elección propia y es cuando decidimos sacar de nuestras vidas esas relaciones que a nosotros nos resultan tóxicas cuando demostramos cuánto nos queremos, que es mucho, muchísimo. Celebremos los errores porque nos hacen mucho más humanos y nos enseñan aunque duela –sacad el vino, que estáis tardando–.

Las excusas no me valen. ¿Vacío, dolor? Joder, si es hasta placentero. Y si no lo creéis os recomiendo que os tatuéis, no hay mayor aprendizaje sobre el dolor que ese. Y menos aún quiero oír hablar de miedo. No quiero escuchar hablar sobre nada que no sea la determinación de una vida completamente nuestra, de disfrutar de ella, de apartar de nuestro camino todo lo que no nos haga seguir viviendo plenamente. 

Eh, seguiremos cagándola, de eso estoy segura. Y ojalá sigamos haciéndolo, la perfección de la gente que lo hace todo bien da hasta grimilla. La gente que no sufre, que no se equivoca, que no llora, que no elige mal de vez en cuando me produce una desconfianza infinita. Así que nunca, nunca pretendáis serlo. Sed humanos; reid y llorad como los imperfectos seres que somos. Y decid adiós cuando llegue el momento, aunque no os contesten, aunque vuestra carta no tenga receptor (y ni se os ocurra poner el remitente, tontos, que no vuelva nada de nada). Da igual cuánto tiempo tardéis para hacerlo, pero escribidlo, gritadlo. Sed libres. 

Ganaos a vosotros mismos que es la lucha que verdaderamente merece la pena. 

Así que; au revoir, petit. Ha sido excepcional. 

With love,
Desirée.

Quédate, primer aviso.

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Me estoy poniendo nerviosa, me estoy enfadando y el nudo en el estómago está haciendo demasiada presión. Lo está volviendo a hacer, lo sé, joder, puta Vera. Nunca estoy preparada para este momento. Ocurre de repente, sin avisar, cuando lo último que me dijo era luego nos vemos. Un luego que no llega y que tengo muy claro a estas alturas que esperarla va a ser muy, muy absurdo. Pero no tengo otra opción. No estoy preparada para vivir en la laxitud de una mente estable, y monótona. La necesito a ella fluyéndome en las venas mientras quema, mientras destroza todo a su paso y deja un campo de flores a cambio. Me siento una expectadora de su paso por mi vida, aplaudo como una niña en una obra de teatro, la coreo como si fuese mi canción favorita, la retrato para intentar hacerla inmortal. Pero da igual cuántas fotos le haga o lo mucho que le hago reír, que sabe que la entiendo, que cada vez que viene le enseño un secreto más, le hago dormir una noche menos, le regalo unas horas más de vida. Ella vuelve a escurrírseme por los dedos y yo, no voy a mentir, lloro a mares. Desconsolada y normalmente en silencio, lloro y nunca me duermo por cansancio, eso es un maldito mito. Pero al final, ella no vuelve y yo no me alivio. Y ésa es la paradoja de siempre; que para qué, si nada sirve excepto que se quede. O que vuelva. Pero ¿qué pasa si cuando ella vuelva yo no estoy? Si ya no hay más reencuentros, ni despedidas ausentes, si ya no quedamos Vera y yo y solo está ella con un piso vacío y nadie a quien abandonar. Una parte de mí celebra la idea, ésa que es más retorcida y que todas las demás miramos de reojo con un poco de envidia, porque es más libre que ninguna. Pero entonces la callamos porque es una gilipollez; si vera vuelve y no estamos, es que estamos muertas. 

Y Vera seguirá yéndose sin avisar y yo seguiré ahogándome cuando no está y me acostumbraré y estaré bien y Vera volverá y siempre, siempre, siempre, estaré ahí para abrirle la puerta porque viene sin llaves y tirarle la maldita botella de vino en la cabeza. Probablemente después recoja las gotas, poco a poco, en suaves besos y a cachitos lamiéndole las mejillas porque está bueno y sería una pena desperdiciarlo con lo mucho que me he aficcionado a él en sus ausencias. Y sabrá frío y caliente, a rabia, a bienvenida, a una espera que termina. 

Pero, nena, es mejor si te quedas. 
Quédate.

Mi historia minimalista IV

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Desde que te conocí, te he puesto muchos nombres. Algunos cariñosos y otros evocan una rabia mal disimulada. Te los he intentado poner llenos de indiferencia pero ya te imaginarás que ha sido perder el tiempo, no he podido. No te representaban. Acabo de darme cuenta de que, de todos ellos, ninguno se ajusta mejor que el de "guerra de un solo bando". El mío. Yo quiero hacerte la guerra (y el amor) en la cama, en el pecho. Que cada latido del corazón resuene como un cañón abriéndome el camino hasta el interior y allí plantar mi bandera blanca y envolverte con ella para poder tumbarnos en arenas y playas y arreglar el mundo con una nueva paz mundial; la nuestra.  
Pero como para discutir (y amar) hacen falta dos, voy a ponerme un café con leche y enfrentarme a esta mañana que ella sí me ataca con esta resaca.

Interludio I de Mi historia minimalista

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O cómo decidí coger las tijeras y cortar. Cortarlo todo.



Llevo un rato mirando la pantalla, sin poder pensar en nada. Veo cómo parpadea la barrita que me exige en silencio que teclee, que el proyecto no se va a hacer solo, que me quedan un par de días y tengo que darme prisa. Hasta hoy no me había pasado. Entendía ese código extraño y abstracto y era capaz de combinarlo para hacer un montón de maravillas. Lo entiendo tan bien porque se parece a mí, y eso me gusta. Pero hoy no hemos sido capaces de entendernos. No sé ni lo que quiero hacer con él, la verdad y él no puede decidir por si mismo; me necesita. Bueno, pues no estoy para él hoy.  
Abro el navegador murmurando un “lo siento” que no siento, y mi mirada vaga de un sitio a otro hasta que encuentro una publicación inesperada que me hace parar. Parar y leer, incrédula. Tras unos minutos de silencio, algo dentro de mí empieza a moverse. Y no, no es bueno. Es un huracán que parte de mi estómago y asciende hasta la boca y sube, y sube y me quedo quieta, dejándole hacer, demasiado ocupada en comprender como para darme cuenta de los rotos que me está causando. Ya me ocuparé de eso después. Ahora mismo lo que necesito es entender.  

Mi historia minimalista III

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Hoy iba en el autobús leyendo un libro raro de una autora rara con una prosa maravillosa que mezcla con poemas. Leía historia tras historia y me gustaban, todas ellas. Pero de pronto he tenido que parar, qué cosa más rara, no nos encontraba en ninguna de sus páginas. De sus principios, de sus finales, de sus puntos suspensivos. Y empecé a preguntarme qué cómo podía ser. Y me di cuenta de que, en realidad, te encontraba en pocas palabras: sexo, kilómetros, historias, camas de otras, piensa en mí, cosas nunca dichas. Y me sorprendí; qué historia tan anónima. No encuentro nuestros nombres por ningún sitio, no nos los dejamos en las calles, ni debajo de la cama y tampoco me han llamado por encontrarlos perdidos en algún restaurante. Simplemente no están y no es que se hayan ido, es que nunca vinieron, ni se encontraron. Que no se conocieron. Qué cosa más rara, ¿verdad? ¿Era eso lo que me intentabas explicar? Bueno, por fin lo he ententido, pequeño desconocido. 
Por fin. 

Feria del Libro de Madrid 2016

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Este año la Feria del Libro de Madrid ha sido muy especial. Era la primera vez que iba a diversas firmas de autores, a la Blogger Lit Con y con una compañía fantástica. De hecho, creo que ha sido el primer año que he ido consciente de lo que suponía y, reconozcámoslo, me he vuelto un poco loca.

Este ha sido el botín que me he traído a casa y, sobre todo, os lo cuento para que sepáis qué cosas os iréis encontrando en los próximos días porque todos y cada uno de ellos son libros que merecen que se hablen. El que avisa no es traidor y yo os quiero mucho.


Pero antes de meterme en el tema, me hizo mucha ilusión conocer a Elvira Sastre y que me firmase su antología Ya nadie baila, pero todavía me hizo más ilusión conocer a Mikel Izal y charlar con él mientras me firmaba Los seres que me llenan. Ése hombre me enamora, mucho y muy fuerte y descubrir lo encantador que era fue un duro golpe para mí; todavía lo quiero más.

Seraphina de Rachel Hartman

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Estamos en la Feria del Libro de Madrid, ¿todavía no lo sabíais? ¿O si? ¿Os habéis pasado ya? Este fin de semana me he hecho con un pequeño tesoro literario. Pronto os cuento qué me he traído, cuando me pase el par de veces que todavía me quedan (por diversas charlas y firmas de autores) pero ya os adelanto que han caído cosas que nunca me imaginé y otras a las que tenía infinitas ganas. Y la wishlist es enorme pero prefiero dejarme llevar por las corazonadas y escuchar qué libros son los que me gritan "llévame a casa".


De momento he terminado de leer Seraphina, de Rachel Hartman. Y, curiosamente, a pesar de ser uno de los que en su día me gritó y muy fuerte además he tardado bastante tiempo en tener ganas de leerlo. Se la define como novela fantástica juvenil pero creo que deberíamos tachar las dos últimas etiquetas (cuánto las odio) para hablar de este libro. Pero esto lo he descubierto después, claro. En su momento no me apetecía absolutamente nada leer fantástica –es un género del que me siento algo alejada últimamente– y juvenil todavía menos, no he podido quitarme los prejuicios sobre este género, a pesar de haber leído varios títulos ya. Así que desde este momento confieso que lo cogí con mucha pereza y, como ya es costumbre últimamente, acabó dándome un bofetón cariñoso por haber sido tan estrecha de miras. Perdóname, Rachel; no volverá a pasar (contigo, al menos).
Todo el mundo sabe que cualquier dragón que se precie puede aspirar a ser un buen político, profesor o matemático; no como esos absurdos humanos, que prestan tanta atención a sus emociones que acaban olvidando cómo pensar...  
En un reino mágico y sombrío en el que humanos y dragones conviven con una paz inestable, Seraphina es una música joven y talentosa (pese a ser humana) que acaba de entrar en el coro de la corte. Allí, las intrigas políticas son el pan de cada día. Poco después de su llegada, una noticia atraviesa los muros de palacio: un miembro de la familia real ha sido asesinado. Inmediatamente, los cimientos de esa fachada de paz se resquebrajan.

Para investigar el crimen, Seraphina se alía con el perspicaz Lucian Kiggs, capitán de la guardia real. Pero todo el mundo tiene secretos, y ella no es una excepción: lo que oculta haría que la condenaran a muerte.

Mi chica revolucionaria de Diego Ojeda

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Éste ha sido, entre otras cosas, el mes de la poesía. Ya os hablé sobre dos autores españoles en esta entrada y de momento han caído unos cuantos más, grandes descubrimientos que me han hecho vibrar. Y todos ellos de producto nacional, es más, la mayoría de ellos madrileños declarados (¿qué tendrá Madrid que inspira grandes poetas? Ay, mi pequeña).

Pero hoy quiero hablaros de Diego Ojeda y de su libro Mi chica revolucionaria. Es el segundo poemario de este cantautor y poeta; el primero fue A pesar de los aviones y ya va por su 11º edición a pesar de mi total y absoluto desconocimiento... Porque sí, no tenía ni idea de quién era Diego Ojeda, no sabía nada de su cotidianidad hecha poesía ni de sus chicas revolucionarias, de su terapeuta, de sus historias de idas y venidas, de esa amistad que mantiene con otros grandes poetas como Elvira o Marwan y tampoco tenía ni idea de sus maravillosas canciones. 

De poesía, lo reconozco, no era consciente de prácticamente nada cuando de pronto (cosas de la vida, ya se sabe) me dieron el pistoletazo de salida y ahora no puedo parar de investigar, de leer, de descubrir, de maravillarme con el arte y la emoción de todos ellos, de necesitarlos. Es absolutamente maravilloso.


Cine: La Bruja (2016)

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No sé que me pasó el otro día que me vine arriba y decidí ponerme una película de miedo yo sola. Mami, ya soy mayor. Que haya estado viviendo sola no cuenta, lo que importa es esto: ya he visto una película de terror yo solita como una chica mayor. ¡Hurraaaaaaa!

Y decidí ver La Bruja (utilizo la página MiraDeTodo. Si os gusta verlas en VOSE os la recomiendo  muy fuerte) de Robert Eggers. Del reparto no conocía ni a Peter pero me llamó muchísimo la atención Anya Taylor-Joy que interpreta a Thomasin la, digamos, más protagonista de todos.


Todavía sigo preguntándome por qué decidí ver esta película. El caso es que ganó el premio a la mejor dirección en el festival indie de Sundance y es el debut de su director. La crítica la alaba, dicen que para ser la primera película de Eggers se ha ejecutado con la maestría de un veterano, con un uso de los detalles magistral y una construcción psicológica de los personajes a través del entorno prodigiosa. La trama es sencilla.
Durante 1630 una familia very puritana es expulsada de la colonia inglesa donde viven y se trasladan a la linde de un bosque donde construyen una granja y esperan llevar una existencia tranquila y cercana a Dios. Sin embargo el hijo menor de la familia desaparece y culpan a Thomasin, la mayor, de brujería. Es entonces cuando debido a una fuerza sobrenatural maligna la familia empieza a fragmentarse.
A mi me decepcionó. Es decir, no pasé miedo. Mierda, para una vez que me lanzo a la piscina y no tiene agua, hay que joderse. Lo que más destaco de la película es su estética que me gustó mucho y tienen razón, hay un detalle cuidado con mimo en cada plano. Y en cuanto al desarrollo de la historia, pues bueno, no tanto. Me pareció lenta, sosa y anodina. Hay tres o cuatro escenas que sí me pusieron la piel de gallina y no por miedo, si no por lo imponentes que eran. Lo que destaca, a mi ver, son los personajes con una construcción solida y un carácter marcado que los hace muy diferentes entre si e incluso, el ritmo narrativo de la película los acompaña fortaleciendo su actuaciones. Thomasin me fascinó y William, su padre, también. A la madre la odié profundamente y los gemelos me ponían de los nervios y en estado de alerta cada vez que aparecían, qué grimosos. Es decir, que, básicamente, no es una película de terror si no un thriller psicológico con ambientación sobrenatural. Minipunto para Eggers en la dirección de actores, que consigan transmitir tantas emociones pero... Mi gozo en un pozo.


Eso sí, tengo que decir que el final ha sido espectacular. Tiene una de las escenas más impactantes que he visto en los últimos tiempos y la cabra... Ay, la cabra. Siempre dije que eran animales malignos, ellas y las ovejas (sobre todo después de ver Ovejas Asesinas, película de serie Z y Omega que, os recomiendo, no veáis NUNCA).

Así que supongo que tendré que elegir alguna otra para mi bautismo de fuego. ¿La habéis visto? ¿Qué os ha parecido?

With love,
Desirée.

Marina de Carlos Ruiz Zafón

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Antes de nada quiero avisaros de que Carlos Ruiz Zafón es sin duda uno de mis escritores favoritos y que su libro, Marina, es mi favorito junto con El Señor de los Anillos. Entiendo que no tienen nada que ver y que compararlos es una barrabasada pero no lo estoy haciendo. Lo son cada uno por sus motivos, sin tener en cuenta género o calidad literaria. Se han colado en mi corazón y no hay quien los saque de ahí. ¿Quién demonios querría?

Pero lo que realmente me ha dejado alucinada ha sido que Marina ya era mi libro favorito hace muchos, muchos años. Ahora, al releerlo me he sorprendido sintiendo exactamente lo mismo aunque yo soy, hoy, muy diferente a quien era entonces y encuentro cosas que no encontraba en aquel momento. Y sin embargo, a edades tan sumamente dispares sigue siendo para mi exactamente lo mismo: una joya, uno de mis libros favoritos, un tesoro, parte de mí.



Marina se publicó en 1999, unos pocos años antes de La Sombra del Viento que es, probablemente, el libro más representativo de Zafón. Estoy segura de que probablemente lo hayáis leído o por lo menos, os lo han recomendado... Y me parece genial porque es una gran obra. Sin embargo, por motivos que todavía no consigo dilucidar, Marina ha sido para mi más especial. Se notan los años de diferencia entre uno y otro. En Marina, Zafón no es tan poético en sus descripciones. Tiene un estilo más sobrio y elegante y al a vez, más oscuro. Sigue manteniendo esa magia tan suya de hacerte soñar y ver con tus propios ojos todo lo que describe, y no solo físicamente; nos hace sentir las emociones, los sentimientos, las auras, los sentidos, las percepciones de todo lo que rodea a la historia. Creo que si tuviera que definir el estilo narrativo de Zafón sería con la palabra extrasensorial. Este hombre consigue salirse de las páginas para envolverte e integrarte en la historia con una maestría y una delicadeza alucinante y, sin embargo, no puedes escapar de ello. Es de esas personas capaces de describirlo todo de forma tan vívida que lo ves, lo sientes, te rodea, te sumerge. No lo se, este hombre es un mago y punto

Trilogía de la Fundación de Isaac Asimov

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Sepan sus mercedes que he añadido un nuevo apartado de mis lecturas en Goodreads aquí abajo por si queréis echarle un ojo y sobre todo, porque si tenéis me lo decís y os agrego. A mi me ayuda un montón a la hora de elegir próximos libros cuando no tengo ni idea de qué leer y me encanta cotillear lo que leéis vosotros. Siempre se encuentran joyas que no hubieras leído de otra manera.

He decidido que iré reseñandoos los libros según los lea porque hay muchos de ellos que se merecen un análisis con más mimo y una opinión mucho más argumentada. Y para ello voy a empezar con el grandísimo Isaac Asimov y su primera trilogía La Fundación.

Habréis oído mencionarla y si no es así me parece muy, muy feo. Son las novelas de ciencia ficción por excelencia, el gran referente de este género y, joder, mira que hace justicia a ese título. Lo empecé con miedete porque todavía no me he atrevido a leer autores rusos y les tengo cierto respeto y más cuando vi que la había escrito en 1951. Sin embargo, a pesar de los más de sesenta años que han pasado tengo que decir que no se nota, ni por asomo, el paso del tiempo. Es atemporal y dinámico, los motores de las tramas son tan actuales que a mí me dejaron patidifusa. Rompí un prejuicio más y no puedo deciros lo feliz que estoy de ello (de hecho, ya tengo preparadas varias novelas rusas más en la lista, ejé).
Nos sitúan en un futuro donde la humanidad ha conquistado la Galaxia. Hay millones de planetas habitados regidos por un Imperio central que ostenta todo el poder. Sin embargo, la humanidad es la humanidad y como destructores que somos llega un punto en el que el arte de la psicohistoria con Sheldon como su máximo representante predice la caída del Imperio y un posterior periodo de casi 30.000 años en el que la humanidad se sumergirá en la barbarie. Para impedirlo crea dos Fundaciones en extremos opuestos de la Galaxia para reducir ese periodo a tan solo 1.000 años, todo ello bajo un estudio del universo basado en las matemáticas de la psicología. 

Cuando no quieras salir de la cama...

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... entiéndete. Nadie saldría contigo dentro.
Irene X.

¿Hasta cuándo de nuevo, Vera?

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No dijo nada al abrir la puerta y verla parada al otro lado. Traía una mochila gastada, pero eso nunca era garantía de nada. Sonrió y se dio media vuelta para sentarse en el sofá. Por el camino señaló la cocina y dijo:
– Tienes el vino enfriándose en la nevera.
Vera arrugó la naricilla.
– ¿Lo tienes ahí desde que me fui? 
– No, vuelvo a comprarlo todas las semanas. Los domingos por la noche, cuando no llegas, me levanto y lo abro. Espero unos minutos más, por si acaso, pero no llamas a la puerta ni me llega ningún mensaje al móvil así que saco una copa y me lo bebo yo sola. Está bueno, la verdad. Aunque caliente es infame.

Vera la miró fijamente. Apenas había dado dos pasos desde la entrada de la puerta. Sentía un vacío bajo sus pies, le costaba moverse, avanzar. Ella actuaba como si no pasase nada, como si no se hubiese marchado sin avisar meses antes y ni si quiera le hubiese dejado un mensaje. O peor aún, no haber intentado contactarla en todo ese tiempo. Debía cerrarle la puerta en las narices, recriminarla, incluso gritar que así no se trata a quien quieres. Pero no, estaba tranquilamente sentada en el sofá con las piernas desnudas extendidas mientras en su regazo tenía un libro de aspecto pesado que devoraba con ganas. No esperaba que la abriese la puerta y le dijese que si vino, su imperdonable vino, estaba frío en la nevera, esperándola. 

– ¿No vas a decir… nada?
Levantó lentamente la mirada del libro con expresión confundida.
– ¿Quieres que te diga algo?
– Temo que lo hagas.
Entonces sonrió, de medio lado y la miró fijamente a los ojos. Ojos ardientes, verde y miel que se derretían al calor de sus emociones.
– Aprendí de eso la primera vez que pasó, Vera. Ahora, simplemente, no te espero. Te guardo el vino en la nevera, tienes la habitación como la dejaste, incluso tu lado del sofá… Ya aparecerás. Volverás, o no. No quiero seguir preguntándome dónde estás y por qué no me llamas. Así que mientras dure, está bien. Siéntate, anda, y cuéntame.

Era verdad. Ya no la esperaba. Vera era su creatividad, las emociones más intensas, las ganas de aventura, los bailes en carreteras secundarias, las escapadas con el coche, las noches en festivales, los días en terrazas soleadas, las preocupaciones que no llegan, los vinos de más y las ganas de mucho más. Vera era su fotografía, su inspiración, el concepto de infinito, su musa mas puta, como diría Elvira Sastre. Pero no terminaba de comprenderla. Vera se iba, sin decir nada a nadie. A veces por días, por meses, quizá por años. Reaparecía momentáneamente girando la esquina de una calle sin nombre para sentarse junto a ella, sin avisar. La besaba y volvía a marcharse, sin dar explicaciones. A veces se quedaba más tiempo y creía que nunca más iba a desaparecer… Pero no era así. Al principio pataleaba, la buscaba, lloraba y la echaba de menos porque la vida no era lo mismo sin ella. Estar sola, sola consigo misma sin todo lo que Vera le daba era terrorífico, le producía ansiedad, le deprimía y le robaba las ganas. La llamó, la buscó, preguntó por ella, incluso forzó las cosas para buscar otra Vera. Pero no había más Veras para ella. Y aprendió, con el tiempo, a no esperar. Aprendió que existían por separado y tenía que vivir consigo misma sin ella. Aprendió que eran las dos caras de una misma moneda y que el espacio que ocupaba iba a estar allí, doliendo o no, imperturbable. Y, mientras tanto, tenía que vivir. Y ya llegaría de nuevo, con su mirada de conquistar ciudades y momentos, con su olor que lo impregnaba todo, con sus botas altas desafiando la ciudad, con su risa que paraba semáforos, con sus promesas de vida efímera y recuerdos imborrables. Y volvería a vivir con ella, diferentes las dos, iguales siempre. 

Novelas físicas de Abril

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¿Habéis escuchado eso de el que avisa no es traidor? Pues si, hoy voy con las novelas que he leído en Abril que, no temáis, no han sido tantas como en los post anteriores lo cual es bueno porque así puedo contaros un poco más qué me han parecido sin que os de un ictus cerebral. 

Empezaré con uno que me sorprendió mucho aunque la sensación que me dejó en el cuerpo fue devastadora. Aparte de ser un regalo, fue una recomendación muy acertada. Se trata de El Túnel de Ernesto Sábato. Yo al autor no le conocía y resultó ser un escritor argentino con varios premios y un referente de la literatura contemporánea así que con esta carta de presentación ni lo dudé. El Túnel es una historia oscura, opresiva, desesperada y trágica donde las haya. Todo gira en torno a la obsesión, la soledad y los celos derivados de un amor enfermizo entre el protagonista, un pintor argentino y María, la única persona que, parece ser, llegó a comprender su arte. La necesidad derivada de este hecho lleva al protagonista a unas reflexiones profundas y brutales que francamente, te dejan los pelos de punta y el corazón encogido. Es una declaración en forma de historia sobre por qué mató a María. Qué situaciones le llevaron hasta ese punto y el no arrepentimiento de todo ello. No pretende expiarse, ni pedir perdón. Es la simple y descarnada historia de qué le llevó a quitar la vida de otra persona por la simple necesidad de que le entendamos. Y aunque os lo pinte tan catastrofista, es un libro que de verdad, MERECE la pena ser leído. Las reflexiones del autor sobre el tema te dejan la piel de gallina. Recomendadísimo, hacedme casito.

Lecturas de Abril | Hola, poesía.

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Este mes he tenido una especie de encuentro con la tercera fase digno de Íker Jimenez y es que he leído poesía. Si, sí, no os sorprendáis tanto que ya lo se. Siempre he dicho que exceptuando Baudelaire con Las Flores del Mal y algo suelto de Elvira Sastre, no era lo mío. Un género al que rechazaba de forma cruel y sin corazón y que, como siempre suele suceder en estos casos, me dio un revés bien encajado por haber sido tan tontita. Es como tropezar en la calle y estar a milímetros de caer mientras haces esa danza de la desesperación por el equilibrio y cuando lo consigues y ves que nadie te ha visto, sigues andando con el orgullo (casi) intacto (so patas) y aquí no ha pasado nada. Pues eso, aquí no ha pasado nada. He leído poesía y... ¡me ha encantado! ¡Oh, Lord!

Los culpables han sido dos personitas, y españoles ambos, para ser exactos. O bueno, a medias. El caso es que tanto Elvira Sastre con su antología poética Ya nadie baila e Ibra Assez Fou con Introspectus han hecho que me enamorase de este género. Pero vayamos por partes.


Lecturas de Enero a Marzo 2/2

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Conste que he tenido que echar mano de Goodreads para escribir la segunda parte de este post, porque en mi lectura febril de esos meses tengo casi cierta amnesia post-estrés. Pero no preocuparse que ya estamos donde queríamos y llega una tanda de recomendaciones y de lecturas entre las que están varios de mis favoritos de todos los tiempos. ¿Emocionados? Que yo si.

Después de terminar con la decepcionante La Selección el cuerpo me pedía bambo, literatura de la buena o al menos algo que pudiese gustarme muchisimo para compensar aquello que prefiero olvidar. Que os haya confesado que la he leído es un paso muy grande en nuestra relación, ¿eh? Espero que lo valoréis...

El caso es que tampoco quería arriesgarme. Me apetecía algo que supiese que me iba a gustar y después de levantar la mirada a las estanterías de mi habitación, podría decir que entró una luz tenue y de carácter secreto que iluminó el lomo, como si lo acariciase, de la que sería mi siguiente lectura. O más bien, re lectura... Pero no fue así, lo vi y lo decidí, punto. Porque lo adoraba, porque tenía esa combinación de calidad, tragedias, amor y supervivencia que la hacen a mis ojos una obra maestra. Si, si me conocéis podéis intuir de qué libro se trata, uno que me ha marcado mucho en mi vida lectora. Es El Jinete de Bronce de Paullina Simons.
Es la historia desgarradora de Tatiana y Shura (Alexandr); es la historia de la peor de las Rusias comunistas, del horror, del sufrimiento, de la muerte y denigración de la condición humana mezclado con la esperanza de una pequeña (esto es literal, es minúscula) muchacha rusa que combatiría aquellos años a fuerza de la más grande de las voluntades y de la fe sencilla y poderosa en Shura, oficial del Ejército Ruso y perseguido por la cara más oscura de la propia Rusia. 

"Te entregaste demasiado pronto" y otras sandeces que me hierven la sangre.

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No voy a excluiros, queridos hombres, pero si eres mujer y has disfrutado de tu sexualidad lo más probable es que te hayan argumentado la situación con esta frase u otras similares carentes del más absoluto sentido y que, además, no sé a vosotras pero a mí me hacen ponerme bien recta y sacar la actitud de batalla. Hay tantos sitios por donde empezar a meterme con esa afirmación que ni si quiera se por donde empezar.

Creo que empezaremos por ponernos en situación. Abril del 2016, dentro del considerado siglo XXI que tantas alegrías y penas nos ha dado. Lo de que nosotras hemos tenido que luchar, ya no solo por derechos más o menos legales dentro de los sistemas establecidos en todo el mundo, si no también por los derechos psicológicos de quienes nos rodean, no es ningún descubrir América, de hecho es casi redundante. No me voy a meter en ese tema que tantos ríos de tinta ha causado.

He escuchado cientos de veces que "las mujeres no ligamos, nos dejamos" cosa que, francamente, me indigna bastante por considerarnos tan pasivas en una situación que requiere tanto por parte de dos personas. También he escuchado que "lo tenemos fácil para pillar cacho" y a mí se me vuelven a revolver las tripas. Porque parece que hasta el momento nos limitábamos a ponernos nuestros vestidos y tacones, ponernos guapas y quedar con amigas y salir como una exposición de posibilidades por las calles de la gran ciudad que tuviera a bien acogernos y cuyo fin no era DISFRUTAR con nosotras (y nosotras con ellos), si no RESISTIRNOS a quienes quisiesen ligar con nosotras porque de lo contrario te arriesgabas a ser una muesca en la pata de la cama del chico de turno (¿nadie pensó que yo también podía tener una?) y por ende, una fresca. Es decir, de nuevo, tener una actitud pasiva y en este mundillo del sexo y de disfrutar con él, convertirnos en objetos y ponérselo difícil para que nos valorasen como debían. Llamadlo feminismo si os apetece, o igualdad. Pero desde hace mucho tiempo nos hemos convertido en un elemento ACTIVO de esta ecuación que es la vida y parece que a muchos les jode porque se lo hemos puesto difícil a la hora de juzgarnos. De pronto les hemos roto los esquemas, les damos miedo y ahora tienen que prestar atención para ver lo que tienen entre los brazos porque ya no somos ese ABC por el que teníamos que regirnos, si no que somos cuadros complejos, libres, con personalidades únicas y apetencias ¡Sorpresa!

"Ya no se encuentran chicas decentes, todas se van a la cama el primer día". Cómo me he podido reír con esto, sobre todo con la ironía que lleva implícita y la subnormalidad adyacente. La gente se queja de que, cuando sale por la noche se toma sus buenas copas y las hormonas se revolucionan, miran alrededor buscando qué posibilidades tienen para disfrutar de una noche redonda y qué coño, que les apetece follar. Lo que no se imaginan es que a esa chica que baila sin preocuparse dándolo todo con sus amigos, la que el pelo rubio le tapa los ojos y los labios rojos se ríen sin parar, también quiere follar.

Lo que ellos no saben es que podría ser la madre de sus hijos o por lo menos, la mujer que les acompañase en el final de carrera, del TFG y hasta del primer piso compartido, aunque quizá después todo acabase, lo que ellos no saben es que esa chica preciosa que esta noche le apetece disfrutar es inteligente, valiente, con una risa preciosa y ganas de aventura, todo lo que él necesita y busca en alguien en este preciso instante de su vida pero que, probablemente, no vea. Y no lo verá porque cuando él se acerque y ella le lleve de la mano a otro lugar, y disfruten mutuamente el uno del otro, ella será una idiota por haberse entregado demasiado pronto, porque por su culpa él ha perdido el interés, ha conseguido lo que quería y la historia se ha terminado antes incluso de empezar. Como tantas otras. Y él dirá que ya no hay mujeres decentes y que todas se pierden en la primera noche y yo me reiré otra vez, por gilipollas, por obtuso, por ver el sexo y la indecencia donde había complicidad y disfrute, por juzgar antes de preguntar.

O, es verdad. Ella solo quería disfrutar esa noche y desaparecer en el amanecer en cuyo caso, los dos se han quedado satisfechos (o no, en la habilidad sexual ya no entro) y en ese caso, ¿no es genial?

¿Acaso les da miedo verse reflejados en nosotras? ¿Ver que las diferencias que nos separaban como género ya no existen? ¿O se sienten perdidos porque ya no cuentan con nuestro amor incondicional por tener sexo con nosotras? Pues, la verdad, no lo se. Eso que me lo expliquen ellos. A mí el próximo que me diga cómo tengo que disfrutar mi sexualidad, lo juzgue y achaque el éxito o el fracaso de mis relaciones a la rapidez con la que me abro, pues o le parto las piernas o le remito a esta reflexión.

with love,
Desirée.

Lecturas 2016 de Enero a Marzo 1 of 2

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¿Eso de que año nuevo, vida nueva? Pues en mi caso fue desde el mismo día 1 de Enero por la noche. Los detalles no vienen al caso, pero ¡elevemos las manos al cielo! Fuese aquello lo que fuese me dio un regalo que hacía mucho tiempo que no tenía; las ganas de leer y de leer mucho. Bueno, fue ese suceso supersecreto y el hecho de que ese aparatejo que yo consideraba hijo de Satanás llegó a mis manos; el kindle. Se me abrieron las puertas del Valhalla y me pasee por los Campos Elíseos casi al mismo tiempo, rodeada de mozos perfectos sacados de las novelas de Sherrilyn Kenyon (de quien, por cierto, luego os hablaré) con una copa de vinito rosado en la mano y una botella bajo el otro brazo. Así os pinto el panorama. Así resultó ser para mí aquel bichejo negro que prometía robarme el corazón. Y es que fue gracias a él que a día de hoy me he leído la friolera de 23 libros uno detrás de otro y casi sin respirar. Me encuentro en un cacao de realidades que cuidado, pero las disfruto todas ellas, para qué os voy a engañar. Y me apetecía contaros un poco qué me han parecido, aunque más bien por encima porque no quiero que muráis. O eso creo. Esperad, no sé. Buah, da igual. Vamos a empezar.

Empecé como quien no quiere la cosa con Highlander tenías que ser de la española Laura Nuño y no me preguntéis por qué. El caso es que me gustó, y mucho. Me sirvió como rehabilitación lectora y como gancho a la vez, y es que es una historia tremendamente sencilla, divertida, bastante irreal y con una buena dosis de sexo. Fue además de los primeros libros eróticos que había leído y los ojos me hacían chirivitas, mi interior aplaudía entusiasmada y juré que nunca iba a contarlo pero al final da igual, porque idiotas somos todos y estos pequeños secretos sirven para reírse de uno mismo. Vivan las autoras españolas, ¡y vivan! Aunque después me fuese a otro extremo, con Charlie de Las Ventajas de ser un Marginado. Fijáos si estaría atontada lectorilmente el año anterior que hasta el final del libro no me di cuenta de que ya me lo había leído. En serio. A pocas páginas. No hacía más que pensar, "jo, calcaron los diálogos en la peli" "vaya, las escenas pasan prácticamente igual que en la peli" y todo porque yo pensaba que había visto la peli (una adaptación maravillosa, por cierto, ¡poneos a verla ya!) pero no había leído el libro, pero como soy lerda pues en realidad sí y mi cabeza me lo estaba pseudo sugiriendo pero vamos, que yo me hacía la longuis. Así que después de leerlo dos veces diré que merece la pena haberlo leído las dos. Y que Charlie es fantástico. Y único. Y está colgado. Y le queremos por ello.

Y después vino aquella que cambiaría mi vida lectora, la grande e inigualable Rainbow Rowell con Eleanor & Park, libro al que yo le había hecho ascos en multitud de ocasiones (leeeeeerda, si, ya lo he dicho antes) pese a las grandiosas recomendaciones. Pero bueno. Que yo me sentía magnánima y divina y decidí leerlo como si estuviese haciéndole un favor. ¿Os estáis riendo ya? Tranquilos, yo también. Menuda GILIPOLLEZ, así, con todas sus letras. Pero mira que fui prepotente... ¡Qué libro más precioso! Creo que se lo fui diciendo a toda cosa que me encontrara, fuese mi madre, mi amigo Guille, la señora que mira mal en el metro, mi gato, la puerta de mi habitación, y la taza de por las mañanas. A todos. ¿Sabéis que este libro es precioso? No pude parar de sonreir, todo el rato, a todas horas, ¡qué locura! ¡Qué cosa más bonita y mas delicada y mas sutil!