Equivocarse.

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Nunca me había identificado a mí misma como tal pero he reconocido que soy muy, muy cabezona. Aunque escuche a la gente (y valoro los consejos y que quieran cuidarme), tengo una tendencia casi suicida a equivocarme por mí misma. Cuando alguien me dice "eso no" y yo preguntarle "¿por qué?" y obtener una respuesta, no es suficiente. Tengo una sensación en el cuerpo de desasosiego, de "¿Y si...?" y no puedo parar, es casi una obsesión hasta que lo hago, o lo compruebo. A veces acierto (quién sabe si la suerte decide recompensarme por obcecada o realmente lo merecía) y otras muchas no. Son más estas últimas, me temo. Pero como siempre digo, de todo lo malo algo se aprende y de todos los errores sacamos algo, y yo tengo mucho (y quiero) que aprender.

Cuando miro hacia atrás, a estos dos años atrás tengo una sensación contradictoria (pero qué os voy a decir, si soy toda contradicciones). Por un lado, me siento feliz de estar donde estoy, por otro, me siento terríblemente agobiada por lo mal que he hecho algunas cosas. Agobiada porque las consecuencias empiezan a alcanzarme ahora, la realidad empieza a morderme los talones y a acariciar la espalda. Y no son crueles, simplemente son. Son creaciones mías que tienen mi olor, mi voz, mi propia forma de pensar. Yo les he dado todo eso, he dejado que llegaran hasta mí y ahora tengo que pelear.

No voy a mentir a nadie; he tenido mucho miedo. He pasado noches con pesadillas o durmiendo a medias porque a mí, por la noche, me asaltan todas las emociones. Cuántas noches le he hecho pasar a mi madre sin dormir, escuchando todo lo que tenía que decir (y dejando que los monstruos se hiciesen más grandes para descubrir luego por la mañana que apenas me llegaban por el tobillo) mientras me decía "duérmete, piensa todo esto con la luz". Qué razón tenía la jodía. A la mañana siguiente cometía otro error: no los recordaba. Pero ahí estaban, vigilando desde las sombras e interviniendo cuando no me daba cuenta.

Hasta hoy. ¿sabéis? Hasta hoy. Mis errores no han sido garrafales, pero han sido de desperdiciar muchas cosas. Tiempo, esfuerzo, dinero. En cantidades que a mí misma me sorprenden y... ¿por qué? Pues porque hasta que no me he vuelto a equivocar no he podido aprender esta lección que llevaba siglos necesitando aprender. Ese momento en el que las cosas hacen de pronto "clic" y duelen. Duelen porque te das cuenta de lo estúpida e ignorante que has sido, lo caprichosa, que te has mentido a tí misma y a los que te rodeaban con una habilidad y facilidad que raya lo indecente -y qué bien te ha salido por todo ese tiempo, ¿verdad?- lo prepotente. El juego a ser más de lo que eres cuando ni si quiera entiendes de qué va la historia. Ponerse frente al espejo y darte cuenta de todo eso, es terríble. Más aún es darte cuenta de que hay cosas que no podrás cambiar (quién sabe por qué, pero están impresas en tu ADN) y con las que vas a tener que convivir. Te plantearás qué clase de persona eres y probablemente, todavía sin haber dado el paso definitivo, de deprimas y quieras llorar porque tú no querrías tener una persona así a tu lado, ¿quién iba a querer?

Y, queridos míos, es aquí donde yo levanté la cabeza. Levanté la cabeza y me miré a los ojos. Me devolvieron una mirada que jamás había visto en mi propia cara, ni en mi persona. "Sí, y qué". Sí. Y qué. Era así y podía borrar muchas de las cosas ahora que me había dado cuenta de que las cometía y no eran ni por asomo necesarias en mi vida. Me había dado cuenta de que las riendas de mi vida las tenía yo y podía corregir el rumbo de ella cuando las agarrase. Me iba a costar, probablemente iba a pasarlo mal, iba a llorar y me iba a castigar el mundo porque por fín me hacía responsable de mis acciones. Sí, y qué. Era capaz de soportar todo eso y más. ¡Por díos, tendríais que haberla visto! Estaba de pie, con esa mirada fiera en la cara. Casi me enseña los dientes, de reto, de vehemencia, de impaciencia (eso en ella no había cambiado, qué ibamos a hacer). Se movía porque no podía contener más su energía, porque llevaba años encadenada y estaba a punto de ser libre.

Fue entonces cuando, con un grito de, "¡por fín, joder!" estallaron sus ataduras en esquirlas de luz que podrían haber hecho daño a cualquier par de ojos que miraran, pero no a ella (y no a mí). Saltó por encima de todo lo que nos separaba y temí porque pensé que ella era mi primer castigo, por haberla encadenado y olvidado todo este tiempo. Pero lo que hizo me dejó sin habla, ¿sabéis? Se lanzó sobre mí y sus brazos me rodearon, estrechándome en un abrazo de comprensión y perdón. Casi quise llorar. ¿Por qué la había tratado así tanto tiempo? ¿Qué clase de mala zorra había sido, con el mundo y conmigo misma? Una muy mala, y muy estúpida por lo visto. Me susurró con un gruñido "Vas a creer todo lo que yo te diga desde ahora" y yo quise reír porque pensé que si me decía que podíamos con el mundo, iba a hacer una batalla de las Termópilas ya mismo. Como Leónidas y su capa roja, indestructible, no por su sobrada fuerza y pericia, si no por el convencimiento absoluto de su fe. Empecé a creer en ese mismo instante.

¿El miedo? El miedo no se fue del todo, pero se atenuó porque sabía perfectamente que podía hacerlo bien, que lo que iba a vivir era responsabilidad mía, pero que iba a poder con ello e iba a salir adelante. Gloriosa y victoriosa, en algún momento, aunque tuviese que pisar el barro y mancharme la boca con él.

El error, al final, no radicaba en todo lo que me rodeaba. Radicaba en mí, ¡oh qué fácil es de decir! Sabemos tratar con el mundo, pero no sabemos tratar con nosotros mismos, y nos miramos como extraños hablando con todo el mundo para intentar entender un poco más el misterio con el que convivimos. Qué difícil es preguntarse a uno mismo, pero más aún es responderse. Por suerte yo conseguí mis respuestas a base de errores, de decepciones (y no mías, si no de quienes más quería), de infravalorar el trabajo y el esfuerzo de otros derrochando lo que me tenían regalado. Jamás podré reponer lo que perdí, pero sí puedo construir de nuevo. Construcciones hermosas, que desafíen las leyes de la naturaleza y la cordura humana. Riéndome como solo yo sé hacer de la humanidad y desafiando a personas y Titanes con la fiereza que me caracteriza.

Pero, no soy la misma. O mejor dicho, no seré la misma. Y el qué será de mi ahora mismo no me interesa en absoluto. Me interesa empezar a arreglar el mundo que, al fin y al cabo, es mi don especial.

with love,
D.