Requiem sings for Reira Abaddon.

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Pudió mirar al cielo que rugía sobre su cabeza, clamando la atención de toda la vida humana. Quería que las cabezas se alzasen hacia arriba, con los ojos sorprendidos y, quizá, sobrecogidos por su fuerza. Aquella tormenta no la había visto el mundo jamás.

A pesar de que todo ser humano que pisase la tierra estuviese con la mirada fija en el cielo oscuro, la tormenta rugió con mayor fuerza. Ansiosa, enfurecida. Descontenta.

Descontenta porque una única mujer caminaba sin detenerse con la mirada fija en algo que no era ella. Indiferente, impasible... inhumana. Sus ojos rojos se clavaban inamovibles en una figura lejana. Su voluntad hacía temblar las piedras a cada paso y sus tacones reventaban en los oídos como un grito.

Fue entonces cuando comenzó a llover. Lluvia sucia, llena de envidia, barro y desesperación. Lluvia que hacía pesar la ropa, los cuerpos y sus almas. Se sentían condenados bajo ese vórtice oscuro que era el cielo, condenados por unas lágrimas que no llegaban donde pretendían llegar. El mundo sufría por culpa de esos ojos rojos, pero no era algo nuevo. El mundo se deshacía y rehacía a voluntad de esos ojos granates. El mundo desaparecía tras el blanco puro de su pelo.

Su pecho empezó a mojarse. Su cara, que no cambió ni un solo instante de expresión. Su abrigo empezó a pesarle y a hundírsele sobre los hombros y, de alguna manera, la reconfortó.

Una sonrisa inmoral bailó en su boca, traviesa. Con nombre y destino.

Las gotas resbalaban por sus piernas, casi humeando y siseando por el calor que desprendía.

Y fue entonces cuando en el gris del mundo que impedía ver, ella de pronto paró y alargó una mano agarrando la más grande de las blasfemias, obligándolo a darse la vuelta y encararla. Y fue entonces, cuando vio el dorado líquido de sus ojos que se dio cuenta de que llovía, de que les zarandeaba una tormenta más grande de cuantas había visto, que empezaba a temblar de frío.

Ah, pero lo que no sabía es que nada de eso era culpa de la lluvia, ni del lamento del viento, ni de la ira del cielo.

Y lo miró. Lo miró en silencio pues ya había demasiadas voces en el aire. Lo miró quieta, mojándose más y más e intentando controlar el temblor que amenazaba con tirarla al suelo. Pero no. Ella jamás caería.

¿O quizá sí?

Solo podía ver sus ojos dorados. Mirándola fijamente. Entrecerrados. Inquisitivos. Burlones. Desafiantes.

Fue entonces cuando la bóveda del cielo se rompió sin poder contenerse. Descargó todo lo que tenía en un último intento de obligar a esa mujer indiferente del mundo a mirar hacia arriba. Pero ella estaba ciega del mundo. Veía su propia versión de él.

Eso fue lo que hizo que la mano se cerrase más fuerte en torno a él y tirase fuerte, atrayéndole hacia sí misma. Cuando el sabor de las respiraciones se mezcló y el calor de los cuerpos empezaron a luchar, ella abrió la boca. La boca roja.

Y aspiró aire. Las palabras no acudían a ella... Y las intenciones la traicionaban. Como siempre. Esa sensación familiar y conocida. Sonrió entonces, dando rienda suelta a ese impulso que llevaba tiempo conteniendo. Una sonrisa rota, tan impropia de ella. Tan devastadora.

Y se dio la vuelta, soltándole, alejándose de todo lo que se había vuelto conocido. Dándole la espalda a la conquista. Su garganta estaba cerrada, estrangulándose a sí misma. Y volvió a sonreír, enfureciendo más a la tormenta.

Y rió, mientras se alejaba. Aquella risa no sonó humana, ni comprensible. Era la risa de quien tropieza y se ríe de sí mismo, dolorido y sangrante. Pero no roto. No. Roto.




ALGUIEN ME ACONSEJÓ ESCRIBIR AUNQUE SOLO FUERAN UN PAR DE LÍNEAS AL DÍA. POR SALUD PERSONAL Y ESAS COSAS. SOLO QUE BUENO, COMO CASI SIEMPRE ME PASA, NO TENGO MEDIDA. Y HM... TOMÉMOSLO COMO UNA ESPECIE DE TERAPIA. 


with love,
D.