My cristal bird. My cosmos little bird.

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Cuando alguien dice algo semejante, lo archivamos como un cuento, una exageración, un "no te lo crees ni tú". Me hace gracia cuando, mirándoles casi despectivamente espero a que la vean cruzar la esquina y encontrarse con ella.
Si alguien ha visto Drácula, creerá en la poesía, en ver y sentir la poesía. Si alguien pone sus ojos sobre ella, creerá en lo increíble.

De las cosas que más me gustaban ver era cómo su pelo se deshacía en un río de pequeños puntos luminosos que se movían constantemente tras ella, envueltos en una oscuridad que dañaba mirar. Y tenías que seguirla, porque era imposible no hacerlo. Era hipnótica, tenía magia corriendo por sus venas, una traviesa y consciente magia que estaba ansiosa por regalar y que sin embargo, no era capaz de dar. Porque eso era ella, un río de colores brillantes que se entretejían y se separaban en un mundo de oscuridad infinita. Pero, ¿sabes qué? Que ella no iba a tí, aunque lo pareciese. Ella era un punto suspendido en todo su cosmos, solitario. No podía ver el torrente de luz que era porque le cegaba su propio resplandor, y caminaba arrastrando sus sandalias en su días más raros. Cuando no, iba saltando de piedra en piedra, tomándose como una cruzadas santa no caerse, ni tropezarse ni salirse de las líneas que había trazado. Y casi siempre lo conseguía, ¿sabéis? Pero a veces no.

Y es ahí donde la conocí. No la había visto nunca, pero algo en el charco del suelo había llamado mi atención. Un reflejo rápido, como una quimera, una gota cayendo, un reflejo del atardecer, algo que no podía ni puedo explicar. Y como perdida, como perdida en esa ciudad que me encontraba me dí la vuelta y giré la esquina.

Ella estaba a punto de tropezarse en ese juego de saltos y desafíos y yo sencillamente estaba ahí. Quieta, sorprendida. ¿Qué era, qué demonios había encontrado? En mi cabeza, su vestido blanco era interminable y se elevaba pícaro a su alrededor, como viento condensado y su pelo... su pelo era como una vía láctea terrenal. No le vi la cara, y ella tampoco me vio en ese momento pero cuando tropezó, me encontré a su lado agarrándola sin permitir que cayera.

Y después de eso, me dí cuenta. Que hasta ella tienes que llegar. A veces no te lleva nada, a veces tienes que buscar el camino... A veces ella grita, ella habla, ella canta y ella llora y nadie es capaz de escucharla, y si el viento trae hasta tí algo de lo que la llena y la quema, entonces saldrás corriendo y pisarás el agua para encontrarla.

Cuando se giró y nos miramos a la cara, nos quemó el contacto que había hecho yo con los voltios de un rayo, pero no quitamos la mano. Ella me agarró más fuerte, sorprendida y casi temerosa. Y yo sentí que había profanado un templo escondido... Pero no pudimos soltarnos. Y, cuando nos encontramos, el cielo se volvió loco. La tierra hablaba a través de ella, me advertía de lo peligrosa que era, de que aunque en su fragilidad, era una dama de hierro, era una guerrera que había transcendido eras y civilizaciones. Que lo que tenía delante era el resultado de millones de días, y de noches, de cielos, mares y planetas. Que si se me ocurría soltar su mano, la tierra se abriría y saltarían cadenas de mithril para atarme las piernas y llevarme al final de todo.
Pero no me hizo falta nada de eso.
Porque allí estaba ella.
Porque era el descubrimiento de mi vida, porque me había enamorado de alguna manera de esa criatura que, si echaba a volar no solo podía tapar el sol del mundo, si no que a través de ella se creaba un caleidoscopio de cristales que lo iluminaban todo.
Porque jamás podría apartarme de su lado. Por mí, por ella, y por nuestra necesidad.
Porque no quería, ni quiero.


No siempre he cumplido esa promesa que, sin palabras, le hice un día... Pero el sentimiento que descubrí cuando la conocí, sigue ahí. Latente. Vivo. Cada vez más fuerte...
... Y un día va a volverme loca.

For u, G.


Desirée.