No recuerdes por la mañana lo que te susurro cuando anochece.

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POR RADIOACTIVE D. Creo que voy a tener que plantearme darle una identidad a "Ella".
Arrugó su naricilla llena de pecas cuando llegó a aquella conclusión. Su lobo rojo tiraba de ella con impaciencia por la calle, y el sol de medio día le abrasaba la piel. Casi bufó, preguntándose por qué todos esperaban de ella alguna clase de poesía. Poesía en su vida, en su manera de andar, de decir las cosas, de vivirlas. Estaba cansada de las altas expectativas de la gente, que la presionaban sin decir ni una sola. Lo veía en sus ojos, cada vez que la miraban y la repasaban, y su sonrisa aprobatoria cuando cumplía sobradamente lo que querían de ella.

Estaba cansada de que quisieran algo de ella. Tenía ganas de salir por ahí y sorprender a esa cara incrédula que no conocía y que la miraba desde la esquina con curiosidad, sin duda por su expresión enfadada. De sorprender a esa cara y a muchas más, y sorprenderse ella misma, romper. Esa era la palabra que buscaba, romper, con su alrededor. Presentarse en casa de su madre y escupir un "mierda" bien claro, y ver su cara escandalizada, o salir por ahí y decir, "no sabes nada de mí y no creo que te vayas sabiendo mucho más, así que tócame, porque es lo que nos apetece".

Al cruzar la esquina, volvió de camino al piso y mientras esperaba al ascensor y su pequeño pelirrojo la miraba desde abajo, se dio cuenta de que realmente incluso en esos momentos de rebeldía, su vida estaba escrita con tinta imborrable, por mucho que no quisiera que fuese así. Cada giro de cabeza y ráfaga de aire que movía su pelo era un momento estático, único, de una belleza que la astillaba cuando la rozaba con los dedos. Pero, sobre todo, se dio cuenta de que se había enamorado de ello, de esa forma de ver la vida, y de vivirla.

Sin embargo, algo la removía todo lo que llevaba dentro, algo que la hacía estar inquieta, algo que la volvía un punto agresiva. Algo que no podía controlar... Así que cuando abrió la puerta de su piso, se descalzó y fue correteando, ligera, casi como una niña y se puso frente al armario, como si la Tercera Guerra Mundial fuese a librarse y ella fuese el único miembro de la resistencia, y le dijo con un gesto de determinación casi cómico, muy bajito "Hoy no pienso dejar que me ganes".

Bueno, ¿que pasó? Eso solo pueden decirlo quienes esa misma tarde vieron salir de la misma puerta que tantas veces habían visto abrirse con una chica con aires bohemios, a una mujer con una determinación infranqueable y una expresión en sus ojos, casi heridos, que hacía sonreir al mismo tiempo que cortaba el aliento. Quizá no fuese especialmente guapa, ni alta. Pero llevaba algo impreso en su piel, algo que hablaba de sitios desconocidos, de palabras prohibidas y de un reino en pleno jardín del pecado.








Otra versión de: No me sonrías, pequeña loba (Con Alberto Llogar)

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RADIOACTIVED
Los últimos rastros de la noche se difundían en el cielo como las notas de la canción que estaba escuchando. Esa voz que tanto le gustaba, que tantas veces la había acompañado en sus momentos más oscuros, y secretos mientras le recorrían escalofríos de origen incierto y la verdad, es que no todos la disgustaban. De hecho, acompañada de esa voz, muy pocos lo hacían. Esa voz rasgada, que arañaba su interior con una fuerza que la rompía, igual que aquellas palabras que había pronunciado en su cabeza tiempo atrás y que ahora eran poco más que recuerdos en una vida a medio rehacer. "Pero, cariño, en el silencio de esta habitación se han quedado guardados demasiados lobos con los que convivir". Casi sonrió cuando la repitió en su cabeza, lentamente, saboreando cada una de las sílabas. De hecho incluso había metido a un pequeño lobo rojo en su apartamento que dormía con ella en la cama cuando le apetecía y que la sacaba de casa por lo menos tres veces al día, para enseñarle mundo.


Las primeras gotas de luz cayeron sobre su cara como la lluvia matinal, haciéndola estremecer, dejando escapar una suave risita que habría podido hacer callar a toda una ciudad si la hubiesen escuchado, sincera, clara, luminosa... Como su apartamento, bañado en luz blanca, tan lleno de vida y tan silencioso en aquel momento... Contó los segundos que tardó el cielo en romper con la oscuridad de las últimas horas. Fueron dieciocho y al diecinueve, el sol la cegó.


Inconscientemente, cogió la cámara que descansaba a su lado, y sin pensarlo un instante, la encendió a tientas y disparó retratando en aquella pequeña pulgada lo que ella no había sido capaz de ver.


Y cuando miró, ahora sí, la primera voz del día estalló en la calle. Su risa, divertida, emocionada. Prometedora.

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ALBERTO LLOGAR - Make love in New York
Él se despertó pronto, y como pudo, se levantó sintiendo la rotación de la tierra a sus pies. Había sido una noche muy larga. 
Intentó hacer cabalas sobre que había pasado y visto esa noche, pero solo recordaba una cosa: fuego. Una chica con el pelo en llamas, a la que no se atrevió ni a hablar. Le quemaba desde lejos, y el solo quería acercarse, apagar la música y abrazarse a su pelo. ¿Lo había soñado? Tampoco le preocupó demasiado. Hacía ya tiempo que no distinguía si lo que vivía era real.


Se volvió a quedar dormido y volvió a verla. A ella. Al fuego. Y pudo tocarlo, y por primera vez, se dio cuenta de que el dicho no era cierto. No todo el que juega con fuego se quema. Pero lo que el no sabía, es que ese fuego, quemaba por dentro.






no me sonrías, pequeña loba

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Notas flotando en el aire. Unas notas discordantes acompañando la voz que canta, como si intentasen tapar los verdaderos sentimientos de ese hombre que le susurra al oído. La luz blanca baña el suelo blanco, y las paredes claras, buscándola en todos los sitios de la casa, incluso el ricón secreto se ilumina un segundo, retrayéndose y dejando escapar un quejido antes de que pase y pueda volver a respirar lentamente. Y no la encuentra. En el aire vibra un acorde que habla de desesperacion...

... Pero ella  sonríe, traviesa, sentada en su pequeño balcón desde donde vigila el mundo. Con las puertas de cristal abiertas de par en par y la cortina recogida, se pasa una mano por el cuelo, lentamente, recorriendo con sus uñas de color chocolate cada centímetro de su piel mientras ensancha su pequeña sonrisa al sentir el escalofrío que recorre su espalda. El mismo que siente cada día cuando se conecta con lo que ella llama; el océano de aire y corazón. Su vecino de abajo, el que toca le está componiendo una canción en secreto, su mejor amiga que siempre le hace perderse en plena ciudad, su profesor de fotografía, que la exige más de lo que ella cree que puede dar y aún así le sorprende, el desconocido del viernes pasado, con el que descubrió que la destrucción se repara en seis días. Tres en los que el mundo está del revés y tres en los que te quedas en casa asimilándolo y volviendo a la normalidad entre tazas de café y llamadas sin responder. Hasta el séptimo día, en el que te subes a los tacones y vuelves a recorrer las calles en tu bici mientras el aire frío te enrojece las mejillas y vuelves a vivir con fuerza. El mismo que deja escapar cuando piernas, y manos, y besos y piel, y sexo se mezclan en su cama sin hacer. 

Sonríe traviesa contando los segundos que tarda en encontrarla. Son dieciocho, y al 19 llaman al timbre.
Se levanta de un salto, como una niña, pero se queda mirando la puerta fijamente sin intenciones de abrirla. Al menos, aún no. Sus pies descalzos sienten la calidez de la madera y se mueven, inquietos, avanzando sin que ella se lo permita unos pocos centímetros. El sonido de unas patas chocar contra el suelo la hacen girar la cabeza y quedarse mirando como su pequeño lobo rojo camina, adelantándola hacia la puerta, mirándola de reojo y apremiándola, como si de pronto el momento pudiera desvanecerse.

El chico que no conseguía engañarla seguía cantando, hasta que el último acorde le golpeó el cuerpo a la vez que se escuchaban unos pasos alejarse. Y se quedó quieta, incapaz de dar un paso más. Por su cabeza pasó la excusa de "solo es el quinto día", todavía le quedaba uno más, no podía rendirse ahora. Nunca se lo perdonaría. Algo le agarraba de los brazos, y unas manos se cerraban sobre sus ojos verdes... Pero su corazón le latía de pronto loco, y desenfrenado. Instándola a reaccionar. Pidiendole un imposible. Rompiendo con esa palabra una vez más.

Cuando se lanzó a la puerta, se arañó las manos al intentar abrir los cerrojos de las puertas, y las rodillas cuando tropezó con sus zapatos tirados, y sus vaqueros rotos. Tardó dos segundos eternos en terminar de abrir, dos segundos tarde. 
El ascensor estaba bajando. Y no lo pensó. Bajó por las escaleras, flotando livianamente con su cuerpo ligero por los escalones, con los latidos de un tambor en los oídos, con el frío mordiendole las piernas, y el vientre, y la nuca, y los labios, siguiendo los rastros de un olor que le recordaba el de un acantilado donde solo las águilas pueden llegar. Su hogar.

Ya se había ido, pero, sin aliento, sin recordar los siete días, ni el imposible, ni el miedo, salió a la calle de invierno descalza, sin ropa, azotándola un huracán de emociones, palabras y anhelos que desplegó al ver su pelo revuelto unos metros más adelante. 
Sus ojos grises la miraron, incrédulos y la boca se abrió ligeramente sorprendido. Ella echó a correr, clavándose pequeñas piedras por el camino, sin sentirlas... Y él abrió su abrigo cuando sus cuerpos chocaron, rodeándola con el calor del imprevisto, de lo que no puedes controlar, de la sensación de tener entre tus manos a un ser que nunca has entendido del todo y, probablemente, tampoco lo harás. Que se te antoja peligroso, caprichoso, que con un golpe de su mano puede arrasar su mundo y el tuyo... Pero también que es capaz de lograr maravillas como nunca pensaste. Que es capaz de despertarse entre tus brazos, aferrándose a tu cuerpo como si no hubiese mañana, y pasar la tarde sola, enfrascada delante de su portátil MAC y su cámara de fotos en las manos, ignorándote completamente. Y de pronto se volvía, en ocasiones como esas, corría con toda su fuerza creadora y reinventaba un nuevo mundo para tí, susurrándote al oído y que tú no comprendes:

- I always was chaos, but i want you.