wake up, sweetheart

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Nunca había pasado tanto tiempo sin oírte hablar. No sé si lo notas pero la luz de esta mañana empieza a rozarte los ojos sin sutileza alguna, casi arañándolos. Pero no los abres y sigues con esa media sonrisa en los labios que has robado a tantas noches y que me has dado a cambio de  un poco de verdad. Como si tuviese la obligación de recordarte dónde vives y de qué manera respiras. Cómo ves el color de mi pelo al contraluz y como roza la taza de café en tus labios al beber. Y el escalofrío que te produce meterte entre las sábanas mientras me cuentas las historias de cada calle del centro.
Llevo varias horas mirando como duermes, quedándome con cada segundo que pasas soñando como hacerme el día imposible, qué tatuarme con letras doradas en el último centímetro de piel que queda sin arder. Pero sigues ahí, completamente ajeno a lo que esta ciudad nos arrastra a ambos. Lejos de todo lo que conocemos. En algún sitio en el que no se te puede alcanzar y no haces más que llamarme desde allí para que coja el metro y te encuentre, como siempre he hecho. Para que aparezca con los ojos llenos de rabia y admiración a partes iguales y le de nombre a las cosas que inventas.
Pero, cariño, en el silencio de esta habitación se han quedado guardados demasiados lobos con los que convivir. La violencia de tu alma siempre los ha mantenido detrás de nosotros. Me sangran las manos de cerrar sus bocas y acallar sus aullidos... Pero, cuando despiertes, te los encontrarás dormidos a nuestros pies porque de alguna manera, ya son míos.
Y te los regalo mientras aullo suavemente en tu oído.