Sara Deever, ¡cuanto me has enseñado!

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Da un suave golpe sobre la barra espaciadora y la película se detiene. Se toma un instante, viendo la imágen estática en la pantalla de su ordenador y decide levantarse. La manta cae al suelo y le recorre un escalofrío. Nota el frío de la habitación en su piel desnuda y el tacto de la alfombra en los pies. Sonrie un instante y recuerda que tiene hambre. Baja corriendo las escaleras, porque no le gusta esperar y se calienta un café en su taza favorita. Cuando se apoya en la encimera, nota el frío y se retira de un brinco, dejando escapar una suave risita. En ese momento, está de buen humor. El café se calienta, y ella lo coge con las dos manos, oliéndolo. El vapor del café la envuelve y hace que su pelo huela igual, dulce. Sube las escaleras más despacio, poniendose la taza calentita en el pecho. Parece que su corazón late de una nueva manera, y que las cosas que tiene dentro desaparecen. Se siente ligera.
Cuando llega a la habitación, coge de nuevo la manta y abre la ventana. Apenas hace aire, pero es por la noche y ya ha refrescado. Hay pocas luces y el cielo está lleno de estrellas. Cruza la barandilla, con cuidado de no caerse y sale al tejado. Se envuelve de nuevo con la manta y tiene cuidado con el café que tiene en las manos. Se sienta cerca de la fachada de la casa y se queda escuchando nada.
El pelo le hace cosquillas en la espalda. Y cuando va a reirse por esa tonteria, nota que sus ojos están húmedos. Sorprendida, se toca las mejillas y nota que también están mojadas. Deja el café cerca de la ventana y se queda mirando al frente atónita. Ya no nota el frío, pero ahora nota otras cosas. Un sordo silencio que le estalla en los oídos. Y se pregunta por qué, pero en seguida entiende que no va a obtener respuesta. Otra vez se nota la mejilla húmeda, y frunce el ceño. Mira al cielo y lo regaña porque ahora mismo no quiere que llueva sobre ella. Luego se cruza de brazos, todavía enfadada por el cielo sin nubes por tener tan poca consideración. Cuando vuelve a caer otra, se da cuenta de que quizá la culpa no sea del cielo, porque no llueve. Entonces se sorprende todavía más.
¿Y quien la estaba mojando?
Abrió mucho los ojos al descubrir que era ella misma y que las gotas de agua estaban saladas. Cuando trató de llevarse el café de nuevo al pecho, para que volviese a hacerla ligera lo notó frío y entendió que había algo que no podía comprender. No se preguntó el qué, porque no hacía falta. No lo comprendía, y había esperado para hacerlo. En ese momento lloró todo lo que le apeteció, y cuando acabó se secó las lágrimas y no volvió a llorar en las dos horas que estuvo allí sentada, intentando descubrir cosas.
Y descubrió algunas.
La primera, que las revoluciones sin baile no eran revoluciones, asique tenía que buscar a alguien que quisiera bailar con ella.
La segunda, que esperar algo no le convencía en absoluto. Y que no lo haría. Daría lo que quisiera dar, se pondría contenta con ello y la vida ya le sorprendería si quería hacerlo. No sabía si podría hacerlo, pero quería intentarlo.
La tercera, que volvería a llorar y volvería a descubrir sus tres cosas todas las veces que fuera necesario.
Porque tenía todo el tiempo del mundo. Y, por encima de todo, porque quería ser feliz.


Att: No basada en hechos reales. Al menos los físicos. ¡Que jodido frío tendría que hacer! Además, a la autora no le gusta andar desnuda por casa, aunque ese pequeño detalle tiene un gran simbolismo.




no es una revolución de masas

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Es mi propia revolución.
Y tengo ganas de decir "Que le jodan a todo. Que os jodan a todos".